Isabel Marín. Pregonera de la Semana Santa 2026
La pregonera de la Semana Santa 2026, nazarena “de cuna” de la Hermandad de la Oración en el Huerto, repasa una vida entera entregada a Totana, a su fe y a una forma muy concreta de entender lo que significa ser nazarena.
Isabel Marín lleva la Semana Santa en la sangre, en la memoria familiar y en el día a día, mucho más allá de los días grandes en los que las túnicas se echan a la calle. Nieta, hija y sobrina de fundadores y directivos de la Hermandad de la Oración en el Huerto, Nuestra Señora de la Caridad y Nuestra Señora de la Fe, ha crecido entre sayas, tronos y reuniones de junta, viendo cómo las mujeres peleaban por tener pleno derecho en la hermandad cuando a ellas solo se les reservaba el trabajo silencioso de costura y preparación. Hoy, elegida pregonera de la Semana Santa 2026 junto a Baltasar, nazareno de honor, admite que siente “honor, orgullo y una enorme responsabilidad” al ponerse delante del pueblo de Totana para anunciar la pasión, muerte y resurrección del Señor.
¿Qué fue lo primero que pensaste cuando te comunicaron que ibas a ser pregonera de la Semana Santa 2026?
Pues, un poco como Baltasar. Lo viví como un honor y un orgullo enormes, mezclados con la pregunta de por qué habrán pensado en mí. Sobre todo sentí una gran responsabilidad, porque pregonar la Semana Santa en Totana no es cualquier cosa.
Antes de mí, han habido muy buenos pregoneros y pregoneras. Y eso pesa. Hablas de que “lo tuyo es de cuna”.
¿Cómo empieza tu historia nazarena?
Lo mío sí es de cuna. La hermandad a la que pertenezco, la Oración en el Huerto, Nuestra Señora de la Caridad y ahora también Nuestra Señora de la Fe, nació en La Posada. Siempre estábamos allí.
Mi abuelo materno fue uno de los fundadores, mi abuelo paterno también pertenecía a la hermandad, mi padre estuvo en la junta directiva y mi madre y mi tía se encargaban de los ropajes de la Virgen y de las sayas del Cristo. Yo
siempre digo que nací nazarena.
En aquellos años, sin embargo, ser mujer no significaba tener los mismos derechos dentro de la hermandad.
Las mujeres estábamos, pero sin voz ni voto (recuerda). Podíamos ayudar, coser, preparar las túnicas y los enseres, incluso procesionar, pero no éramos hermanas de pleno derecho, no podíamos participar en las asambleas ni
tomar decisiones.
Todo cambió en 1964, con un gesto valiente desde dentro de su propia familia.
Fue mi chacha Huertas, la tía de mi madre, la que dio el paso: dijo que o las mujeres teníamos pleno derecho, a lo suyo o dejaba a la hermandad. Ante esa tesitura, en una asamblea general se aprobó que entráramos las mujeres; si no recuerdo mal, seríamos seis u ocho las primeras hermanas de pleno derecho. A las Juntas Directivas no empezaron a incorporarse mujeres hasta bien entrados los años 90.
Yo no concibo ser nazarena sin fe: no se puede seguir a Cristo tres días y olvidarlo el resto del año.
SER NAZARENO TODO EL AÑO
Para Isabel, la Semana Santa no se entiende sin una profunda vinculación a la parroquia y una vivencia de fe que desborde el calendario.
Entiendo la Semana Santa como la celebración de la pasión, la muerte y la resurrección del Señor. Ser nazareno, para mí, es como esos sacramentos que imprimen carácter: no se puede ser nazareno solo martes, jueves y viernes santo, hay que serlo todo el año, porque nazareno es el que sigue a Cristo, y a Cristo no se le puede seguir tres días y 362 no.
Conoce bien la religiosidad popular, tan arraigada en Totana, pero marca una diferencia clara con su propia forma de vivir la fe.
Aquí hay mucha gente muy devota de Santa Eulalia o de su hermandad, que dice “yo creo en Dios y en mi Virgen”, pero luego reconoce que no es creyente o que la Iglesia no va con ella. Eso es religiosidad popular y es respetable, porque la fe es algo muy personal, pero yo no concibo ser nazarena sin esa fe y sin esa vinculación a la parroquia desde muy joven, asumiendo compromisos, llevando grupos infantiles y juveniles y preguntándome siempre qué
transmito con mi ejemplo.
Esa coherencia la aplica también a los pequeños detalles aparentes, que quizá, no muchos respetan: No puedo decirle a nadie que la túnica es para procesionar, que en la procesión hay que llevar orden y respeto, si luego me
pongo la túnica para todo menos para ir en la procesión.
Al igual que Baltasar, Isabel se reconoce en esa labor discreta que sostiene la vida de una hermandad durante todo el año: vocal, secretaria, comisaria, ayuda, estandarte, faroles… siempre donde ha hecho falta.
Hay una labor silenciosa, en detalles que no se ven, y sin los que el trono no saldría a la calle. Un trono no puede salir si la carpintería no está en condiciones, si la electricidad no es segura, si no lleva tacos, mozos o ruedas
como toca. Un estandarte no puede salir si no está bien cosido y sujeto, porque un descuido puede provocar un accidente; todo eso es el trabajo de todo el año, no solo de cuaresma, porque hemos heredado un gran legado que hay que mantener y mejorar “PONER EN PIE” UNA HERMANDAD
Cuando se le pide que escoja un momento especial, Isabel no se queda con un instante aislado, sino con un proceso entero dentro de su hermandad.
Ha habido épocas de crisis, como en toda la sociedad; con Bartolomé Ibáñez de presidente asumimos el reto de volver a hacer una hermandad grande, no solo en número, sino en compromiso. Pasamos de tener un local con techo de uralita a levantar un local nuevo, aislado y digno.
También dimos un giro a la banda: de cornetas y tambores a un estilo diferente de música, iniciando cambios que después se han seguido ampliando con nuevos tronos y enseres. Poder dejar un buen legado a los que nos han sucedido ha sido una de mis grandes satisfacciones.
Su implicación no se quedó en su hermandad: también fue muy activa en el Cabildo.
En la época en que yo era secretaria con Bartolomé Ibáñez, iba a todos los Cabildos.
Con Baltasar, entre otros, impulsamos la dinamización de la Cuaresma. Antes, la cuaresma prácticamente no existía: el Miércoles de Ceniza se presentaba el cartel en las ermitas, casi en familia, con poca gente.
Propusimos hacer varias cosas: la primera fue una exposición de fotografía, luego vinieron más actos y otros como el Vía Crucis de hermandades y cofradías, trabajando así para que se notara que era un tiempo fuerte y que la vida de las hermandades no se limita a 48 o 72 horas.
Hoy, cuando ve la iglesia casi llena en las charlas de “Jueves con pasión” y en la formación nazarena, siente que aquella semilla ha prendido.
De estar cuatro luchando por la formación, hemos pasado a que sean los propios hermanos los que la piden.
DE LAS CARROZAS A LOS TRASLADOS
Isabel ha vivido de primera mano la transformación de la Semana Santa de Totana.
Ha cambiado muchísimo. Al principio, casi todos los tronos iban a ruedas: solo Nuestro Padre Jesús y la Negación iban a hombros, el resto salíamos en carroza. Las bandas de cornetas y tambores eran dos o tres, y la Samaritana marcó un antes y un después al dar el salto hacia agrupaciones musicales, con un repertorio que iba desde marchas militares hasta pasodobles, del que aún conservamos tradiciones como “La Guapa” cada Semana Santa.
Recuerda con cariño y humor aquella época en la que los tronos se podían “dejar” en cualquier parte.
Como iban en carroza, llegabas al bar de El Chamones, tocaba cenar, se dejaba el trono en la rambla y luego se volvía a por él. Por aquella zona había también un punto de avituallamiento para las bandas. Y se paraba en grupo, no como ahora que uno se sale y luego vuelve a la procesión.
También ha cambiado el orden y el respeto en las procesiones.
Sigue habiendo desorden, pero muchas veces viene de fuera, de la gente que va con túnica sin procesionar o simplemente Imagen de Isabel Marín, cuando era niña y vestida de túnica, rodeada de nazarenos pasa por allí. Los que vamos procesionando mantenemos mucho más el orden, y la obligatoriedad del capirote ayuda: cuando te lo pones sabes que vas a procesionar; el que lo lleva al cuello está diciendo “voy por libre”.
Uno de los cambios más visibles ha sido el auge de los traslados, sobre todo el Jueves Santo por la mañana.
La expectación está ahí, en el traslado, y eso tiene su parte buena y su parte mala. Ha engrandecido el Jueves Santo por la mañana, con la luz del sol y la alegría de la gente, pero ha hecho que baje muchísimo el público por la noche. Si ya has visto todos los tronos, cuesta más quedarse sentado a ver pasar la procesión por la noche. Y aun así, a mí me encanta el Jueves Santo por la mañana.
Hoy ve con esperanza la incorporación de gente joven, tanto en las bandas como en las hermandades.
Ese aire distinto que se empezó a dar a finales de los 90 y principios de los 2000 está dando frutos ahora. Muchos jóvenes piden pertenecer a una hermandad y eso es una alegría.
INFANCIA NAZARENA E IMAGINERÍAMURCIANA
Isabel es tajante cuando se le pregunta por los niños y la continuidad de la Semana Santa.
Estoy completamente de acuerdo con Baltasar: en Totana faltan secciones infantiles en las hermandades. No se trata solo de que tiren de la bocina o del carro de tacos; necesitamos formación nazarena para los niños, porque muchas veces no hay desinformación, sino deformación: vamos transmitiendo malas costumbres sin darnos cuenta. Echo en falta secciones donde formar a los críos y que puedan tener una procesión infantil de verdad, con agrupación musical, con tronos que ellos puedan llevar con ilusión y respeto, con sus túnicas, para que esa semilla crezca.
La pregonera del 2026 pone en valor las imágenes murcianas que procesionan en Totana.
Totana tiene una imaginería espectacular, con obras de grandes escultores como Pepe Navarro, Carrillo, Salzillo, Roque López, Sánchez Araciel, Pepe Hernández o Sánchez Lozano. No tenemos por qué imitar a la Semana Santa andaluza. Ellos tienen maravillas, pero como escultura, es mucho mejor la murciana. No hace falta hacer tronos grandes donde no se ven las imágenes. Hay que poner el foco en lo que significa cada una.
Ella lo tiene claro:
Me gustan los tronos cajón, como los de los Salzillos, porque es donde se exhibe la imagen. Cuando uno alza la vista, lo que ve es la imagen.
LOS MOMENTOS QUE PONEN LA PIEL DE GALLINA
Isabel reconoce que le encanta viajar, pero hay dos fechas sagradas en las que no se le ha perdido nada fuera de Totana: Semana Santa y el 8 de diciembre.
He ido a procesiones en otros sitios cuando aquí no coincidían: Viernes de Dolores en Alhama o Lorca, la de los coloraos en Murcia, la del Cristo de la Fe el sábado anterior al Domingo de Ramos, y dos años a los Salzillos del Viernes Santo por la mañana.
Pero mi sitio es Totana. Si tiene que elegir un momento especialmente emocionante, lo tiene muy claro.
Cuando el grupo de la Oración en el Huerto sale a la calle a procesionar se me ponen los pelos de punta, no solo porque sea mi hermandad, sino porque me gusta especialmente ese momento en el que, al salir el trono, se proclama el Evangelio de Getsemaní. También me emocionan especialmente los santos oficios del Jueves Santo, con el traslado de Jesús Eucaristía desde el altar al monumento.
En cuanto a Baltasar, nazareno de honor, no escatima en elogios.
Merecido no, merecidísimo. Han sido muchos años trabajando y luchando juntos por engrandecer la Semana Santa. Es de esas personas que se merecen ser nazareno de honor y para mí es un orgullo haber coincidido con un nazareno y un ser humano de esa calidad.
MIRANDO AL PREGÓN Y A LOS JÓVENES
Sobre el pregón poco quiere desvelar. Ladiscreción también forma parte del rito. Dicen que la pregonera es el secreto mejor guardado, y el pregón también. Solo puedo adelantar que intentaré hacerlo lo mejor posible, que me gustaría que el mensaje llegara al corazón de la mayor parte de los totaneros y que el Señor me ayude.
Dirige un mensaje muy claro a los jóvenes. Que no se dejen llevar por la ola. Cada joven es único y valiosísimo, con unos valores tremendos que a veces se olvidan por seguir la corriente. Que se informen, que se dejen aconsejar y que aporten, porque hace falta la aportación de los jóvenes. Y si se acercan por primera vez, que intenten formarse en qué es ser nazareno, qué lleva su hermandad y en qué momento de la pasión, muerte y resurrección del Señor se sitúa la imagen que acompañan.
Su compromiso como pregonera va más allá del día fijado en el calendario.
Voy a vivirlo de forma intensa. No pregono mi hermandad, pregono la Semana Santa de Totana, con ilusión y con responsabilidad. Aunque el pregón se haga un día, se vive el resto de los 364 días del año; estaré donde pueda estar y, donde se me pida colaboración, pueden contar conmigo, salvo cuando mi hermandad esté en la calle, porque entonces procesiono con ella.
Y, casi como una oración final, Isabel lanza una invitación a todos los nazarenos, nazarenas y a todo el pueblo.
Invito a todo el mundo nazareno a recordar que lo importante son las procesiones y la celebración del Triduo Pascual: pasión, muerte y resurrección. Que intentemos vivir lo que sacamos a la calle, y que quien pueda se acerque a los tronos y a las Iglesias, que en Jueves Santo quedan abiertas toda la noche hasta el Viernes Santo a las tres de la tarde, para pedir fuerzas al Señor sin perder de vista la esencia.




















