Primera novela del totanero Miguel Ángel Martínez del Vas, autor de ‘La Herencia de Judas’
En esta entrevista, el autor rompe el silencio sobre una crónica real de traición familiar y favores institucionales, lanzando una seria advertencia contra un sistema que ha perdido la empatía en los rincones del poder “El último grado de perversidad es hacer servir las leyes para la injusticia”, Voltaire.
Esta cita del célebre escritor, historiador, filósofo y abogado francés sintetiza de forma contundente y breve la historia que aborda ‘La Herencia de Judas’, del autor totanero Miguel Ángel Martínez Del Vas. El libro, publicado el 9 de mayo de 2026, no debe entenderse como una novela al uso. El propio autor describe su obra como “un testimonio,
una crónica y, a la vez, una advertencia”. Un aviso a la sociedad y a la conciencia de los individuos que nos abre los ojos para ver que la corrupción no siempre lleva traje de político, sino que también se disfraza de escritura notarial.
‘La Herencia de Judas’ narra la historia de Lucía, una mujer honrada que trabajaba en una empresa familiar cuando, de repente, un accidente de coche marcaría un antes y después en su vida una mañana del mes de abril de 2019. Mientras Lucía luchaba por volver a caminar tras el fatal percance, “los buitres” ya sobrevolaban el legado de su familia. Y mientras el padre de Lucía, de nombre Mateo, agonizaba en un hospital, algunos usurparon su nombre, su firma y su voluntad.
Por su parte, el sistema que supuestamente debe velar y proteger los derechos de los ciudadanos, le dio la espalda a Lucía y su familia, alentando así las fechorías de los carroñeros que ven una oportunidad de aprovecharse de otros en su momento más vulnerable.
Santiago, el narrador, se presenta a lo largo de las páginas del libro como un hombre corriente. Sin estudios de derecho, sin apellidos que abran puertas y solo con la rabia de quien ve cómo destruyen lo que ama y la determinación de quien no está dispuesto a callarse.
A través de su voz, el lector acompaña a una familia que pierde al padre, lucha contra el dolor crónico, cría a una niña pequeña en medio del caos y aprende, a golpes, que la verdad no hace ruido, pero resiste.
La premisa narrativa parece extraída de una película de ficción, pero no lo es. Todo es real. Cada documento existe. Por tanto, esta obra se dirige a un público que siente que el sistema les ha fallado, para quienes luchan cuando ya no les quedan fuerzas y para aquellos que saben que rendirse no es una opción.
Aún con todo, la historia que aquí comienza no ha terminado todavía. ‘La Herencia de Judas’ ha sido concebida por Miguel Ángel Martínez como una trilogía. Y el autor promete que lo que viene después es aún más oscuro.
A continuación, ofrecemos a los lectores una amplia entrevista al autor de ‘La Herencia de Judas’ con la finalidad de que sea el propio Miguel Ángel Martínez quien se dirija al lector de una obra que, sin duda, merece la pena leer y tener presente en nuestra conciencia.
La Herencia de Judas se presenta como una historia real sustentada en documentos. ¿En qué momento decidió que esta experiencia debía dejar de ser un “asunto privado” o poco conocido, para convertirse en un libro?
Hubo un punto de inflexión claro: el momento en que se hizo evidente que lo que le había pasado a la familia protagonista no era un caso aislado, sino un patrón que se repite en
muchos hogares que un día descubren que un papel firmado puede pesar más que los lazos de sangre. Mientras fue solo dolor privado, se quedó puertas adentro. Cuando ese dolor empezó
a tener forma de denuncia útil para otros, dejó de tener sentido guardarlo en un cajón.
El título es especialmente contundente.
¿Qué implica la inclusión del nombre “Judas” en este libro y qué simboliza?
Judas se sentó en la misma mesa que todos los discípulos de Jesús y terminó traicionando a “el hijo de Dios” por treinta monedas de plata.
Después se arrepintió, intentó devolverlas y acabó tirándolas por el patio del templo, incapaz de convivir con lo que había hecho. El Judas de este libro es distinto: no hay arrepentimiento en él. La familia le ha tendido la mano más de una vez, incluso el perdón y, aún así, ha elegido seguir donde está, cegado por el poder y la avaricia. El título no habla solo de dinero, habla de una traición que, a diferencia de la original, no busca redención.
De acuerdo con la descripción del libro, la historia arranca con un accidente sufrido por Lucía en 2019. Mirando atrás,
¿cree que aquel episodio fue el origen de todo lo que vino después o simplemente el detonante que destapó una realidad que ya existía?
El accidente fue la oportunidad perfecta que Judas estaba esperando. De hecho, documentos aparecidos más adelante en la investigación apuntan a que la historia real se remonta bastante más atrás en el tiempo, pero eso es algo que se reserva para el segundo libro. Lo que no se vio venir antes fue, precisamente, el perfil de Judas: un auténtico manipulador, de esos que nunca se equivocan y son capaces de darle la vuelta a cualquier situación hasta hacer sentir culpable a la propia víctima. Sabe encontrar el punto débil de cada persona y llevarla a su terreno con una facilidad que asusta. Es de los que le venden un peine a un calvo. Y hay algo todavía más inquietante: mentía tanto, con tal convicción, que llegó a creerse su propia versión de los hechos, viviendo instalado en una mentira diaria, en un mundo que pensaba que podía controlar a su antojo. Un auténtico maestro de la manipulación.
En la descripción también se habla de testamentos cuestionados, firmas presuntamente irregulares y actuaciones que parecen propias de una novela negra
¿Qué hecho de todos los que relata le resultó más difícil de creer incluso a usted mismo?
Esta es, en realidad, una pregunta difícil de responder con un solo hecho, porque a medida que avanzaba la documentación, cadahallazgo nuevo resultaba más difícil de digerir que el anterior. Solo había traición, cada una más perversa que la anterior. Pero si hay algo que costó especialmente asimilar fue descubrir hasta qué punto se puede llegar a engañar a personas enfermas: manipularlas, hacerles creer que no valen para nada, que todo lo malo que ocurre alrededor es culpa suya, ponerlas en contra de todo el mundo y a todo el mundo en contra de ellas. Narrar el dolor, el engaño
y la manipulación sufridos por alguien en un momento de máxima vulnerabilidad no ha sido nada fácil, y menos para alguien que no es escritor de oficio. Hay capítulos que se han tenido que reescribir varias veces solo para poder ponerlos en palabras, sin que el propio proceso de escribirlos se hiciera insoportable.
Usted afirma que la corrupción no siempre lleva traje de político y que, a veces, lleva escritura notarial.
¿Qué reflexión espera provocar en los lectores con esa afirmación?
La vida ya es difícil de por sí, pero lo es mucho más cuando necesitas ayuda, confías en profesionales, y empiezan a pasar cosas que no encajan y que, sin embargo, te dicen que son normales, que así funcionan las cosas. Llega un día en que dejas de creerlo, porque deja de ser lógico, y empiezas a indagar por tu cuenta. Ahí es cuando descubres que detrás hay toda una cadena de gente moviendo los hilos, mientras uno mismo no es más que una marioneta.
Y la traición puede llegar desde cualquier rincón: no se trata de errores puntuales (de esos que cualquiera comete), sino de una intención clara de manipular y de controlar el sistema entero. Esa cadena, además, crece cada día: las amistades de guante blanco se van uniendo, sumando fuerza y poder para instalarse arriba del todo y sentirse intocables. Dentro de esa misma cadena hay también quien está manipulado o engañado por lo que cree que dice la ley. Porque las leyes, según me confesó una vez un abogado “cada uno las interpreta como le conviene en cada momento”. Y
es verdad: hasta los propios jueces discrepan entre ellos. Esos vacíos legales están perfectamente controlados por quienes tienen intención de aprovecharlos y algo de poder para hacerlo. Pero siempre digo lo mismo: hay mucha jurisprudencia que ha acabado condenando a abogados, notarios, jueces y a todo el que se creyó intocable. De una forma u otra, el poder no sirve de nada en esta vida. Tarde o temprano, todos nos vamos a ir de este mundo. El libro sostiene que cada documento mencionado
existe realmente.
¿Cuántos años de recopilación documental hay detrás de esta obra y qué volumen de pruebas llegó a reunir?
Es difícil dar una cifra exacta y, quizá, ni siquiera tendría sentido darla. Lo que hay detrás de esta historia son legajos de documentos que se remontan bastante más atrás de lo que uno imaginaría al empezar a leer el libro. Papeles que se han ido acumulando y cruzando durante años, muchos de ellos, todavía hoy, fuera de un acceso completo y directo. No es un archivo cerrado ni ordenado en una sola carpeta.
Es más bien un rastro documental que sigue ampliándose a medida que aparecen nuevos expedientes, nuevas actas, nuevas notificaciones que encajan con hechos que ya parecían contados. Precisamente por eso el libro habla de “documentos reales”: no son un recurso literario para dar credibilidad a la trama, son la base misma sobre la que se sostiene cada capítulo, aunque el volumen total y el origen exacto de cada pieza sea algo que, de momento, se prefiere mantener en reserva.
Al enfrentarse a expedientes, informes, escrituras y documentación legal,
¿qué fue lo máscomplicado: obtener la información o comprenderla?
Más que obtenerla o comprenderla, lo complicado es transmitirla sin que se pierda por el camino. Un expediente legal está lleno de tecnicismos y de silencios entre líneas que, para alguien ajeno a las leyes, no siempre dicen lo que parecen decir a primera vista. Convertir eso en un relato que cualquier lector pueda entender, sin traicionar lo que el documento realmente significa, ha sido el verdadero reto de este libro. Durante la investigación,
¿hubo algún documento o descubrimiento que cambiara por completo la percepción que tenía de los hechos?
Sí, hay un documento muy concreto que cambia por completo la forma de entender toda la historia. Se trata de uno de esos hallazgos que convierte lo que parecía una sospecha suelta en algo mucho más sólido. Antes de que apareciera, los hechos se leían como una sucesión de casualidades desafortunadas, cosas que, aisladas, podrían tener explicaciones inocentes. Pero ese documento en concreto conecta piezas que hasta entonces parecían no tener relación entre sí. Y, a partir de ahí, deja de ser posible hablar de errores puntuales. Lo que queda al descubierto es un
patrón: algo repetido, sostenido en el tiempo y, desde luego, nada casual. Es, probablemente, el punto de la historia donde el lector también sentirá ese mismo vuelco, el momento en que todo lo anterior empieza a leerse de otra manera.
Más allá de la batalla legal, el libro refleja una familia enfrentándose a una fatalidad, a una pérdida y a una enorme presión emocional.
¿Cuál fue el momento más duro de revivir durantela escritura?
Sin duda, los capítulos que rodean los últimos días de Mateo. Hay pasajes de este libro que hablan de papeles, de fechas, de contradicciones documentales… Y esos, por muy grave que sea lo que cuentan, se pueden narrar con cierta distancia: se ordenan y se argumentan casi como una investigación. Pero las escenas de hospital, esas conversaciones dichas a media voz o las que se quedan atascadas sin poder salir, son otra cosa completamente distinta a la hora de escribirlas. Ahí no hay expediente que ordene el dolor. Muchos lectores han contado que, al llegar a esos capítulos, han tenido que dejar la lectura un rato, incapaces de seguir de corrido. Y es curioso, porque esa misma dureza es la que después más se recuerda del libro: no porque hable de una pérdida concreta,
sino porque retrata esa fatalidad universal que tarde o temprano toca a cualquier familia, y lo injusto que resulta cuando, encima, alguien intenta sacar provecho de ese dolor ajeno.
Santiago aparece como un hombre corriente que decide resistir cuando todo parece perdido.
¿Cuánto hay de usted en ese personaje narrador y cómo le transformó personalmente esta experiencia?
Santiago es, sobre todo, un recurso narrativo: la voz que permite contar una historia tan dura sin que el relato se rompa en pedazos. Es un hombre corriente, sin formación jurídica, al que las circunstancias empujan a moverse en un mundo de papeles y leyes que no le pertenece por oficio. Más que preguntarse cuánto hay de autobiográfico en él, tiene sentido pensar en Santiago como una figura reconocible para cualquier lector que alguna vez se haya sentido pequeño frente a un sistema que parecía diseñado para no dejarle ganar. Esa es la transformación que interesa mostrar en el libro: no la de una persona concreta, sino la de cualquiera que decide no rendirse cuando todo parece perdido. La idea es que, si en el futuro alguien se encuentra en una situación parecida, tenga en Santiago una referencia a la que agarrarse, un recordatorio de que rendirse nunca es una opción, por muy cuesta arriba que se ponga el camino.
Estamos ante una historia compleja y cargada de emociones.
¿Cómo logró encontrar el equilibrioentre el rigor documental y la necesidadde construir un relato que atrape al lector?
El libro se mueve constantemente en dos direcciones a la vez: por un lado, la emoción de lo vivido por la familia; por otro, el documento frío que respalda cada hecho narrado. Ese equilibrio no sale de una fórmula preestablecida, sino de no traicionar ninguna de las dos partes:
ni suavizar los hechos para que resulten más digeribles, ni dejar que la emoción se imponga hasta el punto de que el lector dude de si lo que está leyendo es real. Cada capítulo intenta responder a la misma pregunta, la del lector que quiere entender qué pasó exactamente y a la misma vez, la del lector que necesita sentir lo que sintió esa familia detrás de cada fecha, cada firma, cada silencio. Es precisamente esa combinación (hechos verificables narrados con la carga emocional que merecen) la que convierte una historia de despachos y expedientes en algo que se lee casi como una novela negra, sin dejar de ser, en el fondo, dolorosamente real.
El libro es solo el primero de una trilogía. ¿Fue difícil decidir qué parte de la historia contar ahora y qué acontecimientos reservar para las siguientes entregas?
Bastante difícil. Hay hilos que siguen abiertos y descubrimientos importantes que se han guardado a propósito para el momento narrativo en que puedan aportar más fuerza. Este primer libro asienta las bases humanas y emocionales.
Lo que viene después se adentra más en el laberinto legal y en sus consecuencias.
Usted publica esta obra siendo totanero. ¿Qué significa presentar una historia así ante personas que le conocen?
Ser de un pueblo no significa que solo me conozcan ahí. Gracias a mi trayectoria deportiva he tenido la oportunidad de conocer a gente de fuera, de otras provincias, incluso de otros países, y eso me ha dado una perspectiva mucho más amplia de lo que en principio parece un tema “de pueblo”. De hecho, antes de escribir el libro hablé con muchas personas distintas, de trayectorias muy diferentes a la mía, y varias de ellas me contaron experiencias propias que terminaron ayudándome a dar forma a esta historia. Porque, por desgracia, las disputas de herencias no son nada nuevo ni nada local: han existido siempre y seguirán existiendo. Y es que pasa una cosa curiosa: mientras los padres viven, cuidan de todos los hijos por igual, pero cuando esos padres enferman, no todos los hijos están dispuestos a cuidar de ellos. Y, sin embargo, en cuanto fallecen, ahí están todos, peleando por la herencia.
Esa contradicción es un problema universal y es la que de verdad quería retratar en el libro.
Las primeras reacciones suelen ser especialmente reveladoras. ¿Qué comentarios le han hecho los lectores que más le han emocionado o sorprendido desde la publicación?
Han sido, con diferencia, la parte más emocionante de todo este proceso. Hay lectores que han llamado directamente después de terminar el libro, algunos llorando, contando que se han sentido identificados en capítulos muy concretos y que la injusticia que se narra les ha llegado al corazón de una manera que no esperaban. Otros han dicho que empezaron a leerlo pensando en dedicarle solo un rato y no pudieron parar hasta el final, de un tirón. Y hay quien, nada más terminar, ya está preguntando por el segundo libro con verdadera impaciencia, casi metiendo prisa para que salga.
Especialmente emotivo ha sido recibir la enhorabuena de algunas de esas personas de otras provincias de España que en su día compartieron sus propias experiencias y ayudaron, sin saberlo,
a dar forma a esta historia. La mayoría se han sentido identificadas: unas por el tema de la herencia y otras por las injusticias que se narran.
Esa reacción, la de una historia que atrapa a pesar de tratar temas duros, es la mayor recompensa que se puede pedir como autor.
Después de todo lo acontecido (el accidente, la pérdida familiar, la investigación y la publicación de esta obra), si pudiera transmitir una única enseñanza a los lectores de Totana, ¿cuál sería?
El libro ya se está leyendo en distintos rincones de España, y hay quien incluso lo ha llevado consigo al extranjero, lo cual demuestra que esta no es una historia que le pertenezca solo a un lugar, sino a cualquiera que alguna vez haya sentido que la vida y las personas en las que confiaba le fallaban al mismo tiempo Porque en el fondo, La Herencia de Judas habla de dos
venenos que corren por la misma sangre: el de la enfermedad, que te va apagando poco a poco entre horas interminables de hospital, sabiendo que te vas a morir pero sin entender del todo qué está pasando a tu alrededor, con momentos de una lucidez que duelen, y otros en los que ni siquiera reconoces quién eres; y el otro veneno, el que no aparece en ningún análisis clínico, el que corre literalmente por la propia sangre cuando es un hermano, una familia, quien decide envenenarte también por dentro. Porque la enfermedad duele, sí, pero la traición de los tuyos duele de una forma distinta, más honda, más difícil de curar.
Si hay una enseñanza en todo esto, no es otra que la que la propia vida se empeña en repetir hasta que se aprende. La vida es la mejor maestra que existe: si no entiendes la lección la primera vez, te la vuelve a poner delante, una y otra vez, hasta que la aprendes. Si no, es capaz de destruirte por el camino.
Y hay algo más que este libro quiere dejar en quien lo lea, sobre todo en quien tiene algún tipo de responsabilidadpública: cada favor que se hace desde una institución, cada expediente que se adelanta o se retrasa por intereses que nada tienen que ver con la justicia, es tiempo que se le está robando a otra persona que espera en la fila, en silencio, sin enchufes ni contactos.
Esa persona podría ser vuestro hijo, vuestro nieto, vuestro padre, vuestra madre, o un enfermo cuya vida depende literalmente de que no le retrasen una cita.
¿Cuántas personas han fallecido esperando una cita que no llegó a tiempo? ¿Cuántas han perdido todo lo que tenían por no recibir la ayuda que necesitaban cuando la requerían?
¿Cuántas familias se han roto para siempre por un papel que alguien decidió no firmar, o firmar tarde, o firmar mal a propósito? Y, la pregunta que más debería
doler a quien tiene poder de decisión: ¿A cuántas personas ha empujado este sistema, con su indiferencia y su lentitud interesada, al punto de no querer seguir viviendo?
Son preguntas que no tienen una respuesta oficial en ningún informe, pero que deberían pesar en la conciencia de quien mueve los hilos.
Hemos construido un mundo de locos donde cada uno mira solo por lo suyo, sin ponerse ni un segundo en la piel del que tiene al lado. Y a todo funcionario, político, médico, juez, abogado o notario que en algún momento se deje comprar por un psicópata o por otro cargo con poder, este libro le pide una sola cosa: que piense, aunque sea un instante, en el daño real que puede estar causando detrás de esa firma, de esa decisión, de ese silencio cómplice.
La empatía lleva años perdida en muchos rincones del poder. Y es triste, porque hoy en día, si vemos a alguien llorar por el dolor ajeno, pensamos que le pasa algo raro, que está mal de la cabeza. Y es justamente al revés: esa persona que todavía es capaz de llorar por un dolor que no es el suyo tiene un corazón y un alma tan puros y libres como el viento. Ojalá quedara algo más de esa
gente en los sitios donde de verdad se necesitan.




















