NAZARENO DE HONOR DE LA SEMANA SANTA 2026. Baltasar Parra

NAZARENO DE HONOR DE LA SEMANA SANTA 2026.  Baltasar Parra
NAZARENO DE HONOR DE LA SEMANA SANTA 2026.  Baltasar Parra
NAZARENO DE HONOR DE LA SEMANA SANTA 2026.  Baltasar Parra
NAZARENO DE HONOR DE LA SEMANA SANTA 2026.  Baltasar Parra

Más de medio siglo al servicio de la Hermandad de Santa María Magdalena y de la Semana Santa de Totana avalan la trayectoria de Baltasar Parra, Nazareno de Honor 2026, que vuelve a primera línea con la misma ilusión de aquel joven que empezó barriendo la sede de su hermandad.

Más de medio siglo al servicio de la Hermandad de Santa María Magdalena y de la Semana Santa de Totana avalan la trayectoria de Baltasar Parra, Nazareno de Honor 2026, que vuelve a primera línea con la misma ilusión de aquel joven que empezó barriendo la sede de su hermandad recompensado por la trayectoria de tantos
años al servicio de la Semana Santa”.
No se considera mejor que nadie, insiste, pero sí se siente representante de muchos nazarenos anónimos: “Ser Nazareno de Honor no se circunscribe a una hermandad, porque represento a todas”.
Ser Nazareno de Honor no es un título, es una responsabilidad de representar a todos los nazarenos de Totana durante todo el año.


DE NO SER “NAZARENO DE CUNA” A VIVIR POR LA MAGDALENA
“Mi vínculo empezó ya un poco tarde. No soy nazareno de cuna, como aquel que dice. Empecé sobre los 13, 14 años”.
Fue en 1975 cuando se incorporó a la Hermandad de Santa María de Magdalena, la que ha marcado para siempre su vida.
“Toda mi vida nazarena me ha vinculado a la Hermandad de Santa María de Magdalena, y ahí sigo”. Curiosamente, su familia no era especialmente nazarena, sino más bien devota de Santa Eulalia: su abuelo José María era uno de aquellos hombres que subían y bajaban a la patrona.
“En casa no había tradición de túnicas ni tronos, pero sí mucha fe y mucho cariño a Santa Eulalia”, recuerda.


UNA VIDA COMPLETA AL SERVICIO DE SU HERMANDAD
Baltasar no sabe enumerar todo lo que ha hecho, pero sí recuerda por dónde empezó: “Desde barrer, limpiar sobre todo, sacarle brillo a las tulipas, llevar el estandarte, los faroles, ser penitente nazareno de capirote alto, túnicas de color…”.
Después llegaron responsabilidades mayores: comisario de fila, ayuda de trono cuando se pasó a llevar a hombros, y finalmente la presidencia.
“A los tres años de entrar ya estaba como vocal en la junta directiva, con 16 años.
Luego seguí de vocal, después salté a vicepresidente y ahí estuve varias legislaturas”.
Sumando todo, más de 40 años de servicio ininterrumpido. “La hermandad se convierte en tu casa, en tu forma de vida. Yo no concebía mi vida sin ir a la hermandad, sin trabajar por la hermandad. Trabajas por la hermandad y, al final, trabajas por la Semana Santa; es todo uno”.
También reconoce la deuda con tantas mujeres que, durante años, fueron “las currantes” sin voz ni voto en las hermandades:
“Hasta hace poco, las mujeres no tenían ni voto ni nada. Eran currantes”.
Su aportación no se quedó en la hermandad. Desde el Cabildo de Cofradías, Baltasar ha sido motor de cambio. “Antes todo era muy cerrado, en la sacristía, sin apenas comunicación. Te hablo de los años 70, 80 y pico; ni periódicos, ni medios…”.
De aquellos tiempos recuerda procesiones interminables, tronos que llegaban a la Iglesia cuando se podía, sin horarios ni orden, y bandas de cornetas formadas por antiguos soldados que traían de la mili marchas militares simples pero llenas de fuerza. “Los hermanos se veían para sacar el trono de la Iglesia. Se iba en carroza o en ruedas. El Jueves Santo era laboral, todos trabajaban, y los tronos entraban a última hora de la mañana.
Aquello era un caos”.
En este contexto, la organización se convirtió en un reto enorme, agravado por la proliferación de nuevos tronos cada vez más grandes: “La Iglesia no crece”, resume con ironía.


LA GRAN OBRA DE SU TRAYECTORIA: LA FORMACIÓN Y LA ORGANIZACIÓN
Si tiene que elegir un logro, Baltasar lo tiene claro: “Destacaría, a nivel personal, haber puesto en marcha la vocalía de Formación en el Cabildo”. Era una petición del Obispado: todas las hermandades y, en especial, el Cabildo, debían articular una apuesta firme por la formación.
Su reto fue crear una vocalía de formación con representantes de todas las hermandades, un equipo estable que hoy sigue vivo: “Quizás ese fue el mayor reto y lo que más me satisface de haber conseguido, porque hoy día la vocalía de formación trabaja muy duro y hace una labor muy importante”.
Más tarde, entre 2008 y 2012, asumió la vocalía de organización, dándole un giro parecido:
“Esta vocalía ya venía de atrás, pero no la componían miembros de todas las hermandades. Quisimos que fuese, como formación, un grupo con vocales de organización nombrados por cada hermandad”.
A día de hoy, algunos de quienes empezaron con él siguen en esa vocalía, trabajando para que las procesiones funcionen.


MEMORIA, CALOR Y FE EN LA RAMBLA
Cuando habla de recuerdos, se le iluminan los ojos. “En la Hermandad de Santa María Magdalena siempre hemos procesionado con túnicas de color, capirote alto y la cara tapada, de terciopelo, en marzo o abril; a veces con 25 grados, en pleno cauce de la Rambla, parados horas al sol porque la procesión no era ágil”. También evoca el Viernes Santo por la noche, la llegada a la Rambla y la imposibilidad de avanzar por la calle Mayor Sevilla: “Aquello era mortal; podías estar allí horas de reloj y no pasaba nada”.
También añora estampas que se han perdido por motivos organizativos, como aquel gesto de los armaos que, en el traslado del Jueves Santo, tiraban la bandera al suelo para que la custodia pasara por encima: “Eso me emocionaba mucho, se me quedó dentro, pero suponía mucho trabajo para la organización”.
En su memoria también está la anécdota de la réplica de la Sábana Santa que llegó a Totana, o la evolución de los traslados, hoy vistosos y cuidados, frente a aquellos tiempos en que las bandas iban de calle y el uniforme era algo casi reservado a la procesión.


UNA SEMANA SANTA QUENO SE VALORA LO SUFICIENTE
Baltasar defiende con fuerza la riqueza de la Semana Santa totanera: “Las procesiones de Totana son muy bonitas y no se valoran lo suficiente. A veces pensamos que somos de segunda división, y sinceramente creo que no”. Por eso le hubiera gustado vivir alguna procesión importante fuera para “comparar” y apreciar aún más lo que se tiene aquí, aunque reconoce que sus responsabilidades y devoción no se lo permitían.
Defiende también la capacidad de Totana para crear y cuidar su propio patrimonio:
“Nos empeñamos en hacer los tronos fuera. El de la Magdalena se hizo en Totana. Aquí también se puede hacer y hay que querer.
Nadie es profeta en su tierra, aunque tengas lo mejor del mundo”. Y recuerda que cada lugar vive la Semana Santa a su manera: “Aquí adornamos los tronos con flores; en Castilla, nada, y eso que tienen la mejor imaginería. Cada sitio tiene su tradición y su forma de ser, y no es mejor ni peor”.
Incluso reconoce que hay imágenes que, siendo evangélicas, no encajarían a priori en la Pasión, como la Samaritana, Cleofé o Salomé, pero que hoy son imprescindibles: “No podemos pensar en la Semana Santa de Totana sin ellas”.


FE, FAMILIA Y RELEVO GENERACIONAL
Para Baltasar, la Semana Santa es escuela de valores: “Los valores son compañerismo, unión, fe. Todos somos importantes y tenemos algo que hacer, que decir, que enseñar, que aprender. Entre todos se hace algo grande”. Por eso insiste en los jóvenes: “Hay que mejorar cosas y adaptarse a los nuevos tiempos.
Para eso están los jóvenes, para trabajar y que esto se engrandezca cada día más”.
En casa, sus hijos han vivido esa entrega desde antes de nacer, como él mismo dice: “Ellos tienen 35 y 30 años. Cuando nacieron yo estaba involucrado al 100%.
Han sufrido mi falta algunas noches de reuniones interminables, pero ellos son nazarenos desde antes de la cuna”. Y añade, entre risas y verdad: “No les pidáis en Semana Santa marchar a algún sitio fuera, salvo causa de fuerza mayor”.
Isabel, pregonera de este año, comparte con él muchas de esas vivencias y esa visión de la Semana Santa como una gran familia que se organiza, se equivoca, aprende y sale adelante.


“NO ES FOLCLORE: ES PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN”
Hay un momento que marcó para siempre su forma de vivir el Viernes Santo: la muerte de su padre. “Mi padre falleció el Jueves Santo, a las 4 de la tarde, y el funeral fue en la iglesia el viernes antes de los oficios, rodeado de tronos. Para mí, eso fue emocionante”. Desde entonces, repite a quien quiere escucharle que esa noche “no se representa un folclore, ni una boda, ni una comunión”, sino el Santo Entierro.
Por eso insiste en educar desde pequeños: “Cuando se procesiona se está reviviendo la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Son conceptos que
hay que transmitir y que los niños deben entender”. Y no quiere que se olvide el Domingo de Resurrección: “El acto más importante es la resurrección de Cristo.
Esa es la esencia del cristiano: sentir que Jesús resucitó para estar entre nosotros, que está siempre con nosotros. Que no lo olvidemos, que lo vivamos. Es lo más grande de la Semana Santa”.


UN AÑO INTENSO Y UN DESEO PARA ELFUTURO
El 2026 será, asegura, “la Semana Santa más intensa” de su vida. “Aparte de la emoción, tengo la responsabilidad de representar a todos los nazarenos de Totana todo el año. Espero tener fuerzas e intentar hacerlo lo mejor posible”. Después de unos años en la retaguardia, vuelve a primera línea “con más responsabilidad, si cabe”.
Y se despide con un mensaje claro a quienes vienen detrás: “Que viva la Semana Santa intentando aprender de las personas que tienen experiencia. Que sean esponjas, que pregunten, que tengan curiosidad. Siempre tendrán dudas, y así podrán comprender el sentimiento que están buscando”. En sus palabras, como en las de Isabel cuando habla de su pregón, late el mismo deseo: que Totana descubra, valore y ame aún más su Semana Santa.